Capitulo 4 - Milagro de Amor
..................................................................
Y seguía sin saberlo dos horas más tarde, cuando el GPS lo guió hasta el centro de la ciudad. Se detuvo en la oscuridad y sacó el plano que le había dado el detective.
El puente que cruzaba el río se encontraba delante de él, así que sólo tenía que continuar recto.
Respiró hondo y cerró la capota al percatarse de que empezaba a lloviznar. Poco después, recorría el camino lleno de baches que llegaba hasta una casa.
Al iluminarla con las luces del coche, vio que Paula se acercaba, con un bebé en brazos, a la ventana que estaba a la derecha de la puerta principal y se le encogió el corazón.
—Shh, Mia, no llores, cariño… Huy, mira, ¡viene alguien! ¿Vamos a ver quién es? ¡Puede que sea la tía Zai!
Se acercó para mirar por la ventana y, al ver el coche, sintió que se quedaba sin respiración.
—¡ Pedro! ¿Cómo…?
Se sentó en el sofá que había junto a la ventana, ignorando al bebé que se chupaba el puño y lloriqueaba en su hombro, y a su hermana, que estaba en el parque de juegos. Lo único que podía hacer era mirar cómo Pedro salía del coche, cerraba la puerta y se dirigía al porche.
Se habían encendido las luces exteriores, pero él podría verla en el interior porque tenía la luz de la cocina encendida.
Pedro llamó al timbre y se volvió. Estaba muy tenso y llevaba las manos en los bolsillos de los pantalones.
Paula se percató de que estaba más delgado, porque claro, seguramente desde que ella no estaba a su lado para organizarle la vida, él no cuidaba de sí mismo. Durante un instante, se sintió culpable. Pero no era culpa suya. Si él la hubiera escuchado y le hubiera prestado más atención el año anterior, cuando ella le dijo que no era feliz… Pero no.
«No esperes que vaya tras de ti, a suplicarte. Ya sabes dónde encontrarme cuando cambies de opinión».
Pero ella no había cambiado de opinión, y por supuesto él no la había llamado. Ella sabía que no lo haría.
Pedro no suplicaba jamás, y ella se dejó llevar, sin saber qué hacer cuando se enteró de que estaba embarazada, pero consciente de que no podía regresar con el mismo hombre que había dejado.
Aunque todavía llorara por las noches porque lo echaba de menos. Aunque cada vez que miraba a sus hijas sintiera una profunda pena por el hecho de que no conocieran a su padre. Pero ¿cómo iba a decírselo si él siempre había insistido en que era lo último que deseaba tener eran hijos?
En ese momento, Lucas aulló, se dirigió a la puerta y comenzó a ladrar. Mia dejó de lloriquear y comenzó a gritar, y él se volvió hacia la puerta y miró a Paula a los ojos.
Estaba tan cerca...
Allí mismo, al otro lado del cristal, con una de sus hijas en brazos. El perro estaba ladrando y él no sabía qué hacer.
«No puedes aparecer así, la asustarás. Tienes que ir más despacio, pensar lo que vas a decirle». Andrea, una mujer sabia y sensata. A Paula le encantaría.
Pero él todavía no sabía qué diablos iba a decir.
Pensó que debía sonreír, pero no lo conseguía. Y no podía apartar la vista de su rostro. Tenía aspecto de agotada, pero él nunca había visto algo más bello en su vida. Entonces, ella se volvió y él llevó la mano hasta el cristal, como para detenerla.
Segundos más tarde, se percató de que sólo se dirigía a la puerta y se apoyó contra la pared, aliviado. Oyó la llave en la cerradura y vio cómo se abría la puerta.
Apareció Paula, cansada y pálida, pero más guapa que nunca, con un bebé en la cadera y un perro labrador negro a su lado.
—Hola, Pedro.
¿Eso era todo? Un año, dos niñas, una relación secreta y ¿lo único que iba a decirle era: «Hola, Pedro »?
No sabía qué esperaba de aquel encuentro pero, desde luego, no era eso. Sintió que salivaba a causa de la rabia que lo invadía por dentro, pero recordó las palabras de Andrea y trató de contenerse. «Puedo hacerlo», se dijo antes de apretar los dientes y mirarla a los ojos.
—Hola, Paula.
Él estaba apoyado contra la pared, tenía el cabello alborotado y la expresión de sus ojos era indescifrable.
Sólo lo delataba la tensión de la mandíbula, y ella se percató de que él lo sabía.
«Hola, Paula», le había dicho.
«Paula, no Pau». Eso era un cambio. Se preguntaba qué más había cambiado. Tratando de mantener la compostura, se enderezó para tratar de controlar su cuerpo tembloroso.
—Será mejor que entres —dijo ella.
Pedro la siguió hasta la cocina. Lucas comenzó a saltar a su alrededor moviendo el rabo.
—Cierra la puerta para que no se vaya el calor —añadió Paula.
Él obedeció y se volvió hacia ella.
—¿Eso es todo lo que tienes que decir? Un año sin dar señales de vida ¿y lo único que tienes que decir es «cierra la puerta»?
—Intento que las pequeñas no se enfríen —dijo Paula.
Al ver que él miraba a la pequeña que llevaba en brazos, añadió—: Ésta es Mia, y aquélla es Abril —señaló a la niña que estaba en el parque.
Al oír su nombre, Abril levantó la vista y sonrió.
—Ma ma ma ma —dijo la niña, y levantó los brazos para que la sacaran de allí.
Paula se disponía a acercarse a ella cuando se detuvo para mirar a Pedro, con el corazón acelerado.
—Adelante, toma a tu hija. Deduzco que has venido por eso.
Él se quedó paralizado.
«Tu hija».
Hacía años que no sostenía a un bebé. Ni siquiera estaba seguro de haber tenido a uno de esa edad en sus brazos.
Se quitó la chaqueta y la dejó sobre una silla. Se acercó al parque, agarró a la pequeña por las axilas y la levantó.
—¡No pesa nada! Creía que pesaría más.
—Sólo es un bebé, Pedro, y los gemelos a menudo son más pequeños, pero no te asustes. Son muy fuertes. Dile «hola» a papá, Abril.
—Ma ma ma ma —dijo la niña, agarrando la nariz de Pedro y tirando con fuerza.
—¡Ay!
—Abril, con cuidado —dijo Paula, abriéndole los dedos.
Le dijo a Pedro que se la pusiera en la cadera y le entregó a Mia—. Ahí tienes a tus hijas.
Él las miró un instante. Eran idénticas, y se preguntó cómo podía diferenciarlas Paula.
Mia estiró la mano para tocar a Abril, ambas sonrieron y se volvieron para mirarlo con unos ojos iguales que los suyos. Al ver su sonrisa, Pedro quedó prendado de ellas enseguida.
—Será mejor que te sientes —dijo Paula, con un nudo en la garganta. Sacó una silla y lo guió hasta ella para que se sentara antes de que le flaquearan las piernas.
Pedro tenía cara de asombro, y las pequeñas estaban igual de fascinadas que él. Jugaban con su cara, agarrándolo de las orejas, de la nariz, y él permanecía inmóvil.
Entonces, Pedro miró a Paula y ella percibió que tras el amor que reflejaba su mirada se ocultaba una fuerte rabia que hizo que diera un paso atrás.
Hola, buen domingo para todos :) acá el capitulo de hoy, comenten @patty_lovepyp
Me encantaaa!! Subi massssss! ♥
ResponderEliminarAy Patty, esta muy buena y los capitulos muy vcortitos... please subi mas..... me encanta!!!!
ResponderEliminarMe encanta!!!!!!!!!!!!!
ResponderEliminarbuenísimo,subí más!!!
ResponderEliminar