lunes, 24 de junio de 2013

Capitulo 23 - Milagro de Amor 

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—¿Estás segura?
—Sí.
Pedro respiró hondo, la miró con los ojos entornados, se puso en pie y le tendió la mano para levantarla. Ambos se miraron a poca distancia, pero sin tocarse.
—No tienes que hacerlo.
—Lo sé.
Pedro cerró los ojos y dijo algo que ella no pudo oír, después se volvió.
—Tenemos que recoger esto y sacar al perro.
—Yo lo haré.
—No. Lo haremos los dos. Tardaremos menos —lo colocó todo en la bandeja y la llevó a la cocina. Lucas iba tras él, así que le abrió la puerta para que saliera mientras guardaba la leche en la nevera.
Pedro entró de nuevo con el perro, agarró las trufas y miró a Paula a los ojos.
—Éstas me las llevo —le dijo.
Fue como si la trasladara a otra época y a otro lugar, cuando él llevaba bombones a la cama y se los daba, uno a uno, mientras hacían el amor.
Todavía recordaba su sabor.
—No me mires así o perderé el control —dijo él con una sonrisa.
Paula se volvió y salió de la cocina, apagando la luz y esperando que él la siguiera.
Oyó que se despedía del perro, que cerraba la puerta y que se acercaba a ella por detrás.
—¿En tu habitación o en la mía?
—En la mía. Está más lejos de la de las niñas.
Sólo un poco, pero Paula no estaba segura de poder controlarse cuando él le hiciera el amor.
Ella encendió la luz, pero Pedro llevó una vela y la puso sobre la cómoda, junto a las trufas. La encendió y apagó la luz. Ella lo agradeció, porque de pronto se le ocurrió que no la había visto desnuda desde que habían nacido las niñas, y entre los estragos de la lactancia, la cicatriz de la cesárea y que había ganado peso, quizá necesitara acostumbrarse a la nueva Paula.
Pero al parecer, Pedro no tenía prisa por quitarle la ropa. Le acarició el cabello y la besó en los labios con delicadeza, moviendo la cabeza de un lado a otro, haciendo que el deseo se apoderara de ella.
« Pedro, bésame», suplicó en silencio, y como si la hubiera oído, él le sujetó el rostro con las manos y le acarició los labios con la lengua para que los separara.
Ella reaccionó como era de esperar, separó los labios permitiendo que él introdujera la lengua y explorara el interior de su boca, volviéndola loca.
—Pau, te deseo —susurró él.
—Yo también… Por favor, Pedro. Ahora.

—Te quiero —le susurró al oído, y la abrazó con más fuerza, acariciándole la espalda despacio, una y otra vez, hasta que se quedó dormida.
La había echado mucho de menos.
Nunca se lo había dicho, no le había contado el infierno que había pasado en el último año. Bueno, le había contado algunas cosas, pero nada parecido a lo que escondía en su corazón.
Pero ella había regresado, y él se aseguraría de no volver a fallarle.
Se le estaba durmiendo el brazo, pero no quería molestarla. Disfrutaba teniéndola entre sus brazos, y no estaba seguro de cómo se comportaría ella cuando se despertara.
¿Distante? ¿Arrepentida?
Esperaba que no fuera así.
Entonces, ella se movió, abrió los ojos y sonrió.
—Hola.
—Hola —contestó él, y la besó en los labios—. ¿Estás bien?
—Mmm. ¿Y tú?
—Sí, estoy muy bien.
—Se me ha dormido la pierna.
—Y a mí se me va a caer el brazo.
—Te dolerá.
—Ajá.
Ella sonrió.
—Una, dos y tres…
Él se movió y se quejó un poco, después, se rió y la atrajo de nuevo hacia sí. Permanecieron tumbados, con los dedos entrelazados y las cabezas apoyadas en la misma almohada.
—¿Mejor?
—Mmm. ¿ Pedro?
—¿Sí?
—Te quiero.
—Oh, Pau —él se acercó más a ella y la besó—. Yo también te quiero.
—Bien —murmuró ella.
Segundos más tarde, había vuelto a quedarse dormida.
Él sonrió. Bromearía sobre aquello al día siguiente.
Se acurrucó contra ella y se durmió.

Las niñas la despertaron. Paula abrió los ojos y pestañeó.
Era de día y oía que la voz de Pedro provenía de la habitación de las pequeñas. Salió de la cama y se puso la bata.
—Hola, amorcitos míos —dijo nada más entrar en la habitación.
—¿Yo estoy incluido en eso? —preguntó Pedro, vestido únicamente con la ropa interior.
Ella se rió.
—Puede ser. ¿Cuánto tiempo llevan despiertas?
—Unos minutos. Les he cambiado el pañal y les he dado un biberón de zumo, pero creo que quieren que su mamá les dé algo más sustancioso.
—Estoy segura. Vamos, pequeñas. ¿Queréis ir abajo a decirle hola a Lucas?
Sacó a Mia de la cuna y se la entregó a Pedro. Después tomó a Abril en brazos y la besó.
—Hola, pillastre. ¿Vas a portarte bien hoy?
—Probablemente no, si es como su hermana —dijo él, y la llevó al piso inferior—. Esta mañana voy a poner la valla para la escalera.
—Por favor. No me gustaría que pasara nada.

Y lo prometido es deuda :) Disfrutenlo @patty_lovepyp

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