lunes, 17 de junio de 2013

Capitulo 13 - Milagro de Amor 

..................................................................



—No lo sabía, Pepe. Siempre habías estado en contra de tener hijos. Cuando mencionaba la fecundación in vitro, perdías los estribos. ¿Cómo iba a suponer que querías implicarte en esto?
—Podías habérmelo preguntado. Podías haberme dado la opción. Podía haberlo hecho, pero no lo había hecho. Y ya era demasiado tarde para cambiarlo.
—Lo siento de veras —dijo ella, mirándolo a los ojos y consciente del dolor que había en su mirada—. ¿ Pepe? —susurró.
Él se puso en pie.
—A lo mejor podemos verlo en otro momento —dijo él, y salió sin decir ni una palabra más.
Ella oyó que se dirigía al piso de arriba, que cerraba la puerta del baño y que abría el grifo de la ducha. Tras un suspiro, apagó el DVD y el televisor, puso de nuevo la rejilla en la chimenea y recogió los platos y las tazas.
Después, dejó salir a Lucas otra vez, antes de encerrarlo en la cocina y dirigirse ella también al piso de arriba.
Cuando entró en su dormitorio, oyó que Pedro cerraba la ducha y que salía del baño para dirigirse a su habitación.
Paula tardó horas en dormirse y, cuando despertó, oyó que Pedro abría la puerta trasera y llamaba al perro.
Acababa de amanecer y, al mirar por la ventana, vio que él se dirigía hacia el puente del río vestido con pantalón de chándal, zapatillas de deporte y camiseta. Y que Lucas corría a su lado.
No sabía qué sucedía, pero tenía la sensación de que algo iba mal y de que no era lo evidente. Tenía la sensación de que ocurría algo más, algo que no sabía, y tampoco sabía si podía preguntar.
Probablemente no. La noche anterior, Pedro había estado muy distante. A lo mejor se lo contaba cuando llegara el momento. Pero había una cosa evidente: Pedro no estaba a gusto, y vivir con él durante dos semanas iba a resultar interesante. Por no mencionar frustrante, descorazonador y doloroso.
Sólo esperaba que mereciera la pena.
Pedro corrió durante veinte minutos y regresó a la casa.
No era demasiado, pero lo justo para distraerse durante un rato y para no pensar demasiado.
La luz de la cocina estaba encendida y Pau lo estaba mirando por la ventana. No podía ver la expresión de su rostro, pero sí que tenía los brazos llenos de ropa para lavar o algo parecido, y que llevaba la bata que se había puesto la noche anterior.
Él caminó los últimos pasos hasta la puerta y entró. Lucas hizo lo mismo, pero estaba lleno de barro y mojado.
—¡Túmbate! —le ordenó ella al perro, y el animal se dirigió a su camastro, que estaba bajo la escalera.
—¿Es a él, o yo también tengo que hacer lo mismo? —preguntó Pedro.
Paula sonrió y lo miró. —¿Te encuentras bien?
—Sí. Hemos dado una buena carrera…
Ella lo agarró por el brazo y lo miró a los ojos, de esa manera que hacía que él se sintiera incómodo y vulnerable.
—¿De veras estás bien?
—Estoy bien —contestó Pedro, porque era cierto. Sólo era que aquel DVD había conseguido emocionarlo y él odiaba perder el control de sus sentimientos.
—He preparado un té —dijo ella.
Pedro estuvo a punto de decirle que no quería más té, pero sonrió y asintió.
—Gracias. ¿Las niñas ya se han despertado?
Ella negó con la cabeza.
—No. Se despertarán pronto. ¿Por qué?
—Por curiosidad. Necesito darme una ducha, pero no quiero molestarlas. Me tomaré el té y esperaré un poco, si puedes aguantarme todo sudoroso y lleno de barro.
Ella lo miró de arriba abajo y se rió, pero mientras se volvía, él se percató de que se había sonrojado. ¿De veras? ¿Todavía tenía ese efecto sobre ella?
—Estoy segura de que puedo aguantarte mientras te tomas el té —dijo ella, y comenzó a doblar pañales como si su vida dependiera de ello.
Él pensó en el beso que le había dado y sintió que una oleada de calor lo invadía por dentro. Deseaba hacerlo de nuevo, deseaba abrazarla y acariciar su cabello alborotado. Besarla hasta que gimiera de deseo y le suplicara más…
—Pensándolo bien, será mejor que vaya a buscar la ropa que voy a ponerme después de la ducha —dijo él, y se dirigió a la puerta antes de quedar en ridículo.
—¿Qué pasa con la ropa que te compraste ayer? —preguntó Paula.
Él se detuvo al pie de la escalera.
—Nada. Sólo que no estaba seguro de si sería adecuada para lo que vamos a hacer hoy.
—¿Y qué vamos a hacer? —preguntó asombrada.
—Llevar a las niñas al mar —dijo él, improvisando—. Hace un día precioso y la previsión es que haga sol todo el día.
—En ese caso, los pantalones vaqueros y la sudadera te irán estupendamente. Siéntate y tómate el té. Si empiezas a moverte en la habitación contigua a estas horas, se despertarán y, sinceramente, me gusta disfrutar de la tranquilidad.
Él tragó saliva para aplacar el deseo que sentía. Pero no debería haberse preocupado, porque Paula se dirigió al cuarto de la lavadora. Él se llevó el té al sofá que estaba junto a la ventana y se sentó. Cuando ella regresó, lo tenía todo bajo control.
Pedro tenía razón, hacía un día precioso.
Llevaron a las niñas a Felixstowe, aparcaron el coche y caminaron por el paseo marítimo. Pedro empujaba el carrito y ella disfrutaba de la libertad de mover los brazos al caminar.
—¿Sabes que aparte de los viajes de negocios que hemos hecho al extranjero, ésta es la primera vez en seis años que hemos ido a la playa?
Él la miró de reojo y ella hizo una mueca.
—Supongo que tienes razón. No se me había ocurrido hacerlo, al menos no en Inglaterra. Y nunca me han gustado las vacaciones en la playa.
—No me refiero a las vacaciones en la playa —dijo ella—. Me refiero a dar un paseo junto al mar, con la brisa alborotándome el cabello y los restos de sal sobre mi piel. Es estupendo, saludable… ¡Maravilloso!
Entonces lo miró y vio que él la contemplaba con una mirada inquietante que ya conocía. Se sonrojó y miró a otro lado.
—Oh, mira, está entrando un barco —dijo Paula. Era un comentario ridículo porque habían entrado montones, pero al ver que Pedro esbozaba una sonrisa, sintió un nudo en la garganta.
Él no tenía derecho a hacerle eso, a provocarle tantos recuerdos con sólo una sonrisa. Quizá no hubieran paseado por la playa, pero habían hecho el amor montones de veces en la azotea de su apartamento, mirando al Támesis. Y ella sabía, con sólo mirarlo, que él estaba recordando lo mismo.
—Comprobaré que las pequeñas están bien —dijo ella, y se acercó al carrito para taparlas. Después, caminó junto a él y se fijó en que parecía un padre de verdad, y no un hombre obligado a pasar tiempo con sus hijas.
—¿Pau? —él se detuvo, soltó el carrito y se volvió hacia ella—. ¿Qué ocurre?
Ella se encogió de hombros, él la rodeó con los brazos y la atrajo hacia sí.
—Eh, todo va a salir bien —murmuró Pedro.
Pero ella no estaba tan segura. Habían pasado menos de dos días y él ya había roto las normas, robándole el teléfono y tratando de localizar el suyo. Nadie sabía qué más podía hacer cuando ella no estaba presente. Pasaba despierto la mitad de la noche. ¿Habría usado el teléfono? ¿Y a ella le importaba? Mientras Pedro estuviera con ella durante el día, ¿le importaba que la engañara? ¡Sí!
O no, mientras aprendiera a compaginar la vida laboral y la familiar.
—Vamos a tomar un café. He visto una cafetería cerca del coche. He traído la comida de las niñas y a lo mejor pueden calentársela.
—¿Cómo? —dijo él.
Ella pensó en su sudadera nueva y sonrió.
—No te preocupes. Si quieres, yo les doy de comer —prometió—. Pero tú pagas.
—Será un placer —tras suspirar aliviado, agarró el carrito y continuó empujándolo el resto del camino hasta el coche.


Hola aca el de hoy :) que tengan una linda noche y gracias por comentar. @patty_lovepyp

3 comentarios:

  1. muy bueno,seguí subiendo!!!

    ResponderEliminar
  2. que lindos capitulos....... espero aflojen pronto y Pedro pueda priorizar en su familia sin sentirse obligado.......... Segui subiendo...........

    ResponderEliminar