Capitulo 21 - Milagro de Amor
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Pedro no podía creer que hubiera tantas tiendas vendiendo las mismas cosas. Encontraron la barrera para las niñas, ropa, pañales y juguetes… Tantas cosas que tuvo que hacer más de un viaje al coche para cargarlo todo. Después, continuaron de compras y vio que Paula se detenía frente a una tienda de ropa para mujeres.
—¿Cuándo fue la última vez que te compraste algo nuevo? —preguntó él.
—¿Aparte de pantalones vaqueros y sudaderas? No lo recuerdo, pero no necesito nada.
—Sí que lo necesitas. Claro que lo necesitas.
—¿Para cuándo?
—¿Para cuando te invite a cenar?
—¿Con las niñas?
—No. Cuando tengamos niñera.
—No conozco una niñera. Bueno, aparte de Zai, y no querrá cuidarlas por la noche. Normalmente le llevo a las pequeñas a su casa si tengo que ir a algún sitio donde no pueda llevármelas.
—¿Mi madre?
—¿Ana? Vive en Londres.
—Vendría.
—¿Sólo para que puedas llevarme a cenar? Eso es pedir demasiado.
—También podríamos quedarnos allí. Lo siento, sé que me estoy anticipando, pero… ¿Por qué no te compras un vestido? Algo bonito. Un top, quizá, si no quieres un vestido, o unos pantalones nuevos. También podrías vestirte en casa, si quisieras.
—Pero no quiero —soltó ella.
Él pestañeó, confuso.
Paula lo miraba como si hubiera sugerido algo malo, y se le ocurrió que podía habérselo tomado como una crítica a su manera de vestir.
—Oh, Pau, no te enfades. No estaba criticándote. Sólo pensé que, si querías algo bonito… —se calló—. No importa. Olvídalo. Lo siento.
Y sin esperar su respuesta, se alejó.
Maldita fuera.
¿Lo había malinterpretado? Porque le encantaría comprarse ropa nueva, algo que le quedara bien y que le hiciera sentirse como una mujer y no como una máquina de producir leche.
Ropa interior bonita. Y sexy.
¿Para Pedro?
Quizá.
Y un top bonito, con unos pantalones de su talla que no se quedasen pegados a los muslos. Ya no le cabía ninguno de los pantalones que tenía antes. Todos le quedaban demasiado apretados.
Agarró el carrito y corrió tras él.
—¿Pedro? ¡ Pedro, para! ¡Por favor!
Él se detuvo. Ella lo alcanzó y trató de sonreír.
—Lo siento. Ha sido un malentendido… Y tienes razón. Me encantaría comprarme algo de ropa. De hecho, necesito algunas prendas. ¿Podrás aguantarlo?
—Sólo si puedo verte mientras te las pruebas.
—Oh. Estaba pensando en ropa interior.
—Mucho mejor —murmuró él.
Y Paula notó que se ruborizaba.
—No puedes…
—En la tienda a lo mejor no —convino él—. Pero más tarde.
—Está bien. Olvida la ropa interior.
Él hizo una mueca y se rió.
—¿Qué más necesitas?
—Pantalones, tops… No tardaré mucho.
—No soy tan ingenuo. ¿Por qué no me llevo a las niñas y te dejo sola una hora o así? Puedes llamarme cuando termines y vendré a pagar.
—¡No tienes que pagar! —protestó ella.
—Pau, eres mi esposa. Y estaré encantado de pagar tu ropa. Acabo de pagar cientos de miles de libras por pasar tiempo contigo. No creo que un top o un par de pantalones vayan a marcar mucha diferencia.
Oh, cielos. Paula había pensado que el trato con Yashimoto había sido un poco precipitado y empezaba a darse cuenta de lo mucho que él había invertido en su relación.
—Lo siento. No era mi intención que hicieras eso.
—Pau, está bien. Estoy contento. Fue una buena decisión. Y estamos hablando de un recorte de beneficios, más que de un déficit, así que olvídalo. Y ahora, ¿mi teléfono, por favor?
—Ah, sí —ella metió la mano en el bolso y sacó su teléfono.
De pronto, se preguntó si Pedro había sugerido aquello para conseguir que le diera el teléfono.
—No. Confía en mí.
¿Lo había dicho en voz alta?
—Lo siento. De acuerdo, seré todo lo rápida que pueda. No las dejes solas.
Él la miró y se volvió, desapareciendo entre la multitud y dejándola sola, sintiéndose vacía y desorientada.
«Vamos, Paula», se dijo. «Organización. Primero, la ropa interior, después un top y luego los pantalones».
Entró en un establecimiento y comenzó a comprar.
—¿Cuánto tiempo puede tardar, niñas? —preguntó él, agachado delante de sus hijas y tratando de entretenerlas—. Dijo que no tardaría mucho.
Sonrió y Mia estiró la mano.
—Pa-pa —dijo ella, y él sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—Oh, niña lista.
Entonces, la pequeña dijo:
—Mamá —y él se dio cuenta de que sólo estaba balbuceando.
«Tonto». Claro que sólo estaba balbuceando. Se puso en pie y miró a su alrededor. ¿Qué podía hacer para entretenerlas? Vio una librería y entró con ellas, dispuesto a comprar libros que pudieran chupar, morder y tirar por el suelo, pero entonces, vio los libros de cocina.
Libros para idiotas. Libros para gente que nunca había usado una espumadera. Gente como él.
Quería cocinar para Paula. Encontraría un libro fácil, buscaría una receta y, de camino a casa, pararían en el supermercado. Así podría cocinar para ella.
Pescado. A ella le encantaba el pescado. ¿Atún fresco? Echó un vistazo a los libros, encontró uno que parecía prometedor, buscó una receta de atún y vio que no se tardaba nada en prepararlo. Vuelta y vuelta en la plancha y ya estaba. Podía servirlo con ensalada y patatas.
Compró el libro, colgó la bolsa detrás del carrito y sacó su teléfono.
Paula estaba comunicando. Maldita fuera. Bueno, le daría un minuto. A lo mejor estaba tratando de llamarlo.
Estaba a punto de meter el teléfono en el bolsillo cuando empezó a sonar. Contestó inmediatamente.
—¡Estabas hablando! —dijo ella, en tono acusador.
Él suspiró.
—Tú también. Intentaba llamarte. Las niñas empiezan a estar inquietas.
—Oh, lo siento. Ya he terminado.
Paula le explicó dónde estaba y Pedro miró el plano del centro comercial para ir a buscarla. De camino, pensó en que quizá Paula tuviera alguna justificación para pensar que había usado el teléfono para asuntos de trabajo, porque sí había llamado a Andrea Pero sólo a ella, y había hablado menos de tres minutos.
Así que no podía negárselo, porque Paula tenía razón. Él la había engañado, y su esposa hacía bien en no confiar en él.
La encontró junto a una caja, con un montón de ropa en la mano. Esperándolo.
—Lo siento —dijo ella.
Pedro se sintió un poco culpable.
—No te preocupes —contestó—. Bueno, ¿y qué te has comprado?
Lean el que sigue :)
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