sábado, 22 de junio de 2013

Capitulo 17 - Milagro de Amor 

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—Será mejor que haga algunas llamadas —dijo él al día siguiente, mientras desayunaban—. Primero a Andrea.
—¿Y a tu madre?
—Sí. A ella también. Pero primero solucionaré los asuntos laborales.
—Iré por tu teléfono —dijo ella, y corrió al piso de arriba. Nada más regresar, se lo entregó—. Parece que tienes varias llamadas perdidas.
Él miró la pantalla y suspiró resignado.
—Tengo que ocuparme de algunas de ellas.
—No lo dudo. Tienes una hora —dijo Paula, antes de tomar a las niñas en brazos para llevarlas arriba y bañarlas—. Hoy vais a conocer a vuestra abuela —les dijo con una sonrisa—. Os va a adorar.
Pero Paula se percató de que, quizás, con ella se mostrara un poco distante después de haber estado todo un año sin contacto.
—¡Mia, no! —exclamó y agarró a la niña antes de que se cayera hacia atrás—. ¿Cuándo has aprendido a ponerte de pie? Vas a ser una pilla, ¿no? Mia se rió y, agarrándose a la colcha de la cama, se puso otra vez en pie.
—Vas a ser un problema —dijo Paula, y se percató de que Abril había salido gateando de la habitación hacia las escaleras—. ¡Abril! —la llamó, y salió corriendo a buscarla, pero se encontró con Pedro sentado en el escalón de arriba sujetando a su hija en brazos.
—Creo que necesitas una valla para la escalera —dijo él.
Paula asintió.
—Sí. He comprado una, pero no puedo montarla. No es suficientemente ancha. Tengo que buscar otra.
—Yo lo solucionaré —dijo él. Se puso en pie, levantó a Abril en el aire y le hizo una pedorreta en la tripa.
Cielos. ¿ Pedro haciendo pedorretas? Quizá, después de todo, hubiera esperanzas…

 Andrea era maravillosa.
Eficiente, inteligente y muy mayor para Pedro, en caso de que a Paula le preocupara. Aquella mañana, Andrea miró a ambos y sonrió.
—Bien —le dijo a Pedro—. Por fin pareces una persona.
Necesitabas un descanso.
—Me estoy volviendo loco —dijo él, pero Andrea sonrió y se volvió hacia Paula.
—¿Se porta bien?
—Más o menos. Siempre intenta robarme el teléfono.
—Es implacable. Deberías saberlo.
—Pero no es un juego.
—No. Y creo que él lo sabe. Si no, no estaría aquí contigo. Ahora, si me lo prestas un rato, hay varias cosas que tiene que solucionar. Después, te lo devolveré.
—Puedes pasar —le dijo él—. Para que veas qué estamos haciendo.
—Estaremos bien aquí fuera —contestó Paula, y se sentó en su antiguo despacho con las niñas. Miró a su alrededor. Nada había cambiado, excepto ella. Y al parecer, había cambiado muchísimo, a juzgar por la expresión del hombre que asomó la cabeza por la puerta.
—Huy, lo siento. Estaba buscando a Andrea.
Ella sonrió.
—Hola, Agustin —le dijo.
—¿Paula?
—Sí, soy yo.
Agustin soltó una carcajada.
—Bueno… ¿Cómo estás? Pensé…
—He estado muy ocupada —dijo ella.
Él miró a las niñas y se rió.
—Ya lo veo. Asombroso. No tenía ni idea.
«Ni Pedro tampoco», pensó ella, pero no estaba dispuesta a hablar sobre su vida privada con uno de los empleados de Pedro. Ni aunque en su día hubiera sido un buen amigo de ella y uno de los hombres de confianza de Pedro.
—¿Cómo está Yashimoto?
—Impresionado. ¿Sabes que Pedro va a venderle la empresa otra vez?
—¿Ah, sí?
—Al parecer, sí. No podía creérmelo. Ha luchado tanto para sacarla adelante y ahora va a dejarla sin más.
Aun así, está en mucho mejor estado, y Yashimoto hará un buen trabajo con los consejos de Pedro, así que está contento. Pero es a Pedro a quien no comprendo. Pensé que lo sabrías todo acerca de esto, puesto que estuviste tan implicada en montarlo todo.
Ella negó con la cabeza.
—Pedro y yo no hablamos de negocios.
—No. Es buena idea no llevarse trabajo a casa. No parece Pedro, pero los bebés cambian a las personas. ¿Sabes que nosotros hemos tenido un niño?
Paula sonrió.
—No, no lo sabía. Enhorabuena… Y asegúrate de que lo ves todo lo necesario.
—Lo haré. Entretanto, será mejor que me una a la reunión.
—Creo que están en el despacho de Pedro.
—Adiós. Y ha sido un placer volver a verte.
Agustin cerró la puerta y la dejó allí, tratando de asimilar lo que él le había contado.
¿Cuándo había decidido Pedro venderle la empresa a Yashimoto? ¿El día anterior? ¿Ese mismo día? O mucho antes, y simplemente no se lo había contado porque ya no hablaban de trabajo.
No tenía ni idea, pero se había quedado de piedra.
¿Eso significaba que la iba a tomar en serio y que recortaría el tiempo de implicación laboral? ¿O era algo que ya estaba proyectado? Ella necesitaba saberlo, porque la diferencia era importante. No quería pensar que él estaba dispuesto a hacer grandes cambios cuando, en realidad, lo único que había hecho era seguir sus planes.
Lo descubriría más tarde. Entretanto, tenía cosas mejores de las que preocuparse, porque pronto volvería ver a su suegra y reconocía que se sentía inquieta.
 No tenía por qué haberse preocupado.
Nada más ver a Paula y a las niñas, Ana Alfonso se cubrió la boca con la mano y rompió a llorar.
—Oh, Paula, cariño… ¡Oh, mi niña! —y sin decir nada más, se acercó a ella y la abrazó con fuerza.
Paula la abrazó conteniendo las lágrimas y, después, cuando se separaron, Ana comenzó a decir cosas a las pequeñas y abrazó a Pedro con fuerza.
—Pasad… Pasad. ¿Fernando? Mira, es Pedro, y ha venido con Paula y…
Comenzó a llorar de nuevo.
—¿Paula?
Fernando, la pareja de Ana, la miró un instante antes de darle un beso en la mejilla.
—Me alegro de volver a verte. Y veo que has estado ocupada.
—Un poco —contestó—. Siento habéroslo comunicado así. Pero parece que hoy es un día importante para ellas.
Porque Pedro había decidido vender la empresa a Yashimoto  aquella misma mañana. Así que la había tomado en serio y pensaba dar los pasos necesarios para cambiar las cosas.
Pedro se ocupó de las niñas y entró en la casa. Su madre no dejaba de llorar, y Fernando ayudó a Paula a sacar las sillitas del coche para meterlas en la casa, para que las niñas pudieran comer en ellas.
—Me alegro de que estés aquí —dijo él, mientras cerraba la puerta de la casa—. Ana te ha echado mucho de menos, y Pedro ha estado… Bueno, «difícil» no llega ni a describirlo.
Ella negó con la cabeza.


Lean el que sigue :) 

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