Capitulo 2 - Milagro de Amor
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—¿Qué? ¿Dónde?
—No… Lo he dejado. Bueno, en realidad, me ha dejado él a mí.
Se hizo un silencio y, después, Zai blasfemó en voz baja.
—Está bien. ¿Dónde estás?
—En el apartamento. Zai, no sé qué hacer…
—¿Dónde está Pedro?
—De camino a Japón. Se suponía que iba a ir con él, pero no podía.
—Ya. Quédate ahí. Voy ahora mismo. Haz la maleta, te quedarás conmigo.
—Ya la tengo hecha —dijo ella.
—Seguro que no has metido vaqueros, ni el chándal ni las botas. Tienes una hora y media. Recoge todo lo necesario y mete ropa de abrigo, que aquí hace mucho frío.
Tras despedirse, ella regresó al dormitorio y observó la maleta que estaba sobre la cama. Ni siquiera tenía pantalones vaqueros. Ni el tipo de botas a las que Zai se refería.
¿O sí?
Rebuscó en el fondo del armario y encontró unos vaqueros viejos y unas botas que no recordaba tener.
Sacó los trajes de chaqueta y los zapatos de tacón de la maleta y metió las botas, los vaqueros y su pantalón de chándal favorito.
Su foto de boda estaba sobre la mesilla y, al verla, recordó que ni siquiera se habían tomado unos días para irse de luna de miel. Habían hecho una breve ceremonia civil y durante la noche de bodas habían hecho el amor hasta la extenuación.
Ella se había quedado dormida entre sus brazos, como siempre, pero curiosamente también se había despertado de la misma manera, porque por una vez él no se había levantado antes para trabajar.
¡Cuánto tiempo había pasado desde entonces!
Paula tragó saliva y dejó de mirar la foto. Después, llevó la maleta hasta la puerta y miró a su alrededor. No quería nada más, ningún otro recuerdo de él, de su casa ni de su vida.
Agarró el pasaporte, no porque tuviera intención de irse a ningún sitio, sino para que Pedro no lo tuviera. En cierto modo era un símbolo de libertad, y además podía necesitarlo para otro tipo de cosas.
Lo metió en el bolso y lo dejó junto a la maleta.
Después, vació la nevera, echó la basura en el túnel de basuras y se sentó a esperar. Pero como no podía dejar de pensar, encendió el televisor para distraerse.
No fue buena idea. Al parecer, según el reportero, ese día, el primer lunes después de Año Nuevo, se conocía como «el lunes de los divorcios». El día en que miles de mujeres, hartas de lo que había sucedido durantela Navidad, contactaban con un abogado y comenzaban el proceso de divorcio.
¿Ella también?
Dos horas más tarde estaba sentada en la cocina de la casa de Zai en Suffolk. Su amiga había ido a recogerla y le estaba preparando un café.
Y el aroma era repugnante.
—Lo siento… No puedo.
Se dirigió corriendo al baño y vomitó. Cuando se incorporó, Zai estaba detrás de ella, mirándola a través del espejo.
—¿Estás bien?
—Sobreviviré. Es culpa de los nervios. Lo quiero, Zai y, y lo he estropeado todo. Se ha ido, y no me gusta nada.
Zai la miró, abrió el armario que había sobre el lavabo y sacó una caja.
—Toma.
Ella miró la caja y soltó una risita.
—¿Un test de embarazo? No seas tonta. Sabes que no puedo tener hijos. Me he hecho muchas pruebas. No hay manera. No puedo concebir.
—Las palabras «no puedo» no existen. Yo soy la prueba de ello. Hazme caso.
Salió del baño y cerró la puerta. Paula se encogió de hombros y leyó las instrucciones del test. Era una estupidez.
No podía estar embarazada.
—¿Qué diablos voy a hacer?
—¿Quieres quedarte con él?
Ni siquiera tenía que pensar en ello. A pesar de estar sorprendida por el resultado del test de embarazo, sabía la respuesta.
Negó con la cabeza.
—No. Pedro siempre ha insistido en que no quiere tener hijos y, en cualquier caso, tendría que cambiar mucho para aceptar ocuparse de un hijo mío. ¿Sabes que me dijo que no podía marcharme porque tenía un contrato?
—A lo mejor se aferraba a su única esperanza.
—¿Pedro? No seas ridícula. Él no se aferra a nada. Y probablemente no sea una opción. Me dijo que, si no iba con él, se había acabado. Pero tengo que vivir en algún sitio, no puedo quedarme contigo y con Nan, y menos cuando tú también estás embarazada otra vez.
Creo que con un bebé tendrás suficiente —soltó una carcajada—. No puedo creer que esté embarazada, después de todos estos años.
Zai sonrió.
—Pasa en las mejores familias —dijo Zai con una sonrisa—. Has tenido suerte de que tuviera un test de sobra. Estuve a punto de hacérmelo por segunda vez porque no podía creerlo la primera. Ahora ya lo hemos asumido y hasta me hace ilusión tener otro hijo, y los niños también están encantados. Bueno, ¿y dónde quieres vivir? ¿En el campo o en la ciudad?
Paula trató de sonreír.
—¿En el campo? —preguntó dubitativa—. No quiero regresar a Londres, y sé que es una tontería, pero quiero un jardín.
—¿Un jardín? —Zai ladeó la cabeza y sonrió—. Dame un minuto.
Paula oyó que hablaba por teléfono desde la habitación contigua y después vio que regresaba con una sonrisa en los labios.
—Solucionado. Nan tiene un amigo que se llama Andres Peletieri que va a irse a trabajar a Chicago durante un año. Había encontrado a alguien para que se ocupara de su casa, pero le ha fallado, y está desesperado por encontrar a otra persona.
—¿Y por qué no la alquila?
—Porque tendrá que regresar de vez en cuando. Pero es una casa enorme. Tendrás cubiertos todos los gastos, y lo único que tienes que hacer es vivir allí, no hacer fiestas salvajes y llamar al fontanero si fuera necesario.
Ah, y ocuparte del perro. ¿Te gustan los perros?
—Me encantan los perros. Siempre he querido tener uno.
—Estupendo. Y Lucas es fantástico. Te encantará.
Y la casa también. Se llama Rose Cottage y tiene un jardín maravilloso. Lo mejor es que está a sólo tres millas de aquí, así que podremos vernos a menudo. Será divertido.
—¿Y qué hay del bebé? ¿No le importará?
—¿A Andres? No. Le encantan los bebés. Además, casi nunca está en casa. Venga, vamos a verlo ahora mismo.
Ulitmo por hoy :) disfrutenlo, a partir de hoy les voy a pasar la nove desde este tw pero mi tw personal es @patty_lovepyp :)
buenísimo,seguí subiendo!!!
ResponderEliminarme gusta la historia... la voy a seguir :)
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