Capitulo 14 - Milagro de Amor
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Aquella noche, las niñas estaban cansadas.
—Debe de ser la brisa marina —dijo Pau, mientras les calentaba la cena.
—¿Eso tiene todos los nutrientes necesarios? —preguntó él, al ver la comida.
Ella lo miró como si estuviera loco.
—Es comida, no papilla preparada. Tiene pollo asado, brécol, zanahorias, patatas, caldo… Por supuesto que tiene todos los nutrientes.
—¿Y lo has cocinado tú?
—¡Pues claro! —dijo ella—. ¿Quién si no?
Él se encogió de hombros.
—Lo siento. Es sólo… Casi nunca te he visto cocinar, y no pensé que supieras hacer asados.
—No, por supuesto que no. Nunca teníamos tanto tiempo como para hacer algo tan insignificante.
—¡Basta, Pau! Yo sólo estaba…
—¿Qué? ¿Criticando cómo cuido a mis hijas?
—¡También son mis hijas!
—Pues aprende a cocinar para ellas —dijo enfadada, y le lanzó un libro de recetas—. Ahí tienes. En el congelador hay pechuga de pollo, carne picada, filetes de salmón, gambas y chuletas de cerdo. Elige lo que quieras.
Puedes ir preparando la cena mientras yo acuesto a las niñas.
Y salió de allí con una pequeña en cada brazo.
Cielos, pensó Pedro. Él podía preparar café, tostadas y huevos revueltos como mucho. Y también sabía meter cosas en el microondas o descolgar el teléfono y hacer un pedido.
Pero, ¿cocinar? ¿Con ingredientes de verdad? Eso hacía años que no lo hacía. ¿Quince?
Abrió el libro y hojeó las páginas. ¿Qué era lo que servían en el pub? Pechuga de pollo con brie y beicon, o algo así. Había cheddar en la nevera. ¿Serviría? Quizá. ¿Y habría beicon?
Se levantó e investigó el contenido de la nevera.
No había beicon, y quedaba muy poco cheddar.
Pero había pesto, y le parecía haber visto pasta en el armario de la cocina.
¿Pasta con pollo y pesto? Y ensalada con pipas tostadas.
No había ensalada. Y probablemente, tampoco tuviera pipas.
Sacó algunas cosas que había visto servir con platos similares. Las dejó sobre la mesa de la cocina y trató de buscar una receta con esos ingredientes. Eligió una.
Buscó un cuchillo, la tabla de cortar y una sartén. Eso era lo que necesitaba, según la receta.
Partió el pollo, lo frió con aceite de oliva, cebolla y pimiento, abrió el pesto y descubrió que tenía moho.
¡Maldita fuera!
Pero también había arroz, y gambas… ¿Y si hacía una paella?
Agarró el libro de nuevo, preguntándose cuánto tiempo tardaría Pau en regresar a la cocina. ¡El suficiente para que él estropeara todos los ingredientes que tenía en la casa!
Más fácil. Pediría algo por teléfono. Pero se suponía que debía cocinar él, y no era su estilo rechazar un reto.
Así que… Paella. No podía ser tan difícil de cocinar.
—¡Oh! ¿Risotto? —dijo ella dubitativa después de mirar y olisquear.
—Paella —le aclaró él—. El pesto estaba malo.
—Ah, puede ser. Había otro bote en el armario.
Paula volvió a olisquear.
—¿Cuánto ajo le has puesto?
—No lo sé. Ponía dos dientes. Me parecía mucho, así que sólo eché uno.
—¿Diente o cabeza?
Él frunció el ceño.
—¿Cuál es la diferencia?
—La cabeza es el conjunto de dientes. Están todos juntos, envueltos en una fina capa de piel blanquecina.
El diente es cada cosa de las que hay dentro.
Él frunció el ceño de nuevo y miró a otro lado.
—Bueno, si ibas a quejarte, deberías haber estado aquí.
—Eh, no me he quejado.
—Todavía no la has probado.
—Bueno, quizá tenga mucho ajo. ¿Y qué? No voy a besar a nadie, ¿no? —dijo ella.
Paula se volvió y la miró.
—Se puede solucionar —murmuró, mirándola de arriba abajo como si fuera a quitarle la ropa.
—En tus sueños —masculló ella, y sacó dos cuencos—. Toma, sirve. Iré a buscar algo de beber. ¿Te apetece un poco de vino?
—El blanco, quizá. El tinto puede ser un poco fuerte.
—Oh, no lo sé —dijo ella—. Quizá para equilibrar el exceso de ajo…
Pedro tiró la cuchara de servir en la olla y salió al pasillo, desapareciendo por la puerta principal y dando un portazo mientras se ponía la chaqueta.
Vaya. No tenía que haberse metido con él. Sabía que Pedro no tenía ni idea de cocinar, y que lo había hecho lo mejor que había podido. Y, aparte de que había puesto mucho ajo y de que estaba demasiado hecho, no tenía mal aspecto.
Pedro arrancó el coche y salió derrapando en la grava.
Ella suspiró, tapó la olla y se sentó a esperar. O bien regresaba, en cuyo caso le pediría perdón, o no regresaba, en cuyo caso… ¿Qué? ¿Las niñas perderían a su padre y ella al único hombre que había amado, sólo por no ser capaz de mantener la boca cerrada?
«Maldita sea». Y ni siquiera podía llamarlo para pedirle disculpas.
Hola que tengan una linda noche perdon por subir tan tarde :) en un rato subo http://www.nadaescasualidadpyp.blogspot.com/ @patty_lovepyp
muy bueno,seguí subiendo!!! me encanta la historia de la nove...
ResponderEliminarme gusta la historia, disfruto leerla... espero ansiosa el proximo capitulo....... :)
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