sábado, 15 de junio de 2013

Capitulo 11 - Milagro de Amor

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Y eso hicieron. Fue sencillo, porque tenían un coche de demostración que podían llevarse en el acto.
Pedro tendió la mano hacia Paula y dijo:
—¿Mi teléfono?
—Está en casa. Pero yo tengo el número de Andrea en el mío, si quieres llamarla para que se ocupe del seguro del coche.
Él la miró resignado y agarró su teléfono. Realizó la llamada y se lo devolvió con cara de disgusto. Una vez terminada la negociación, el vendedor le dio las llaves y regresaron a casa en los dos coches. Ella con las niñas y él con su nueva adquisición.
Una vez en casa, Pedro tendió la mano de nuevo.
—¿Mi teléfono?
Ella sonrió con cara de culpabilidad.
—No lo necesitas.
—Puede que sí. Aparte de para llamar a Andrea para lo del coche, por si tengo una emergencia.
—¿Como tener que contactar con tus socios para hacer un nuevo trato o para comprobar que tu equipo, el cual está sobre remunerado pero infravalorado, hace bien su trabajo?
—¡No está infravalorado! —protestó él. Al ver que ella arqueaba
una ceja, añadió—: Está bien —suspiró—. Me cuesta delegar en otros.
—¡Aleluya! —exclamó Paula , igual que había hecho Andrea—. En cualquier caso, no necesitas tu teléfono.
—¿Y si hay una emergencia?
—¿Como qué?
Él se encogió de hombros.
—No lo sé. Si prendo fuego a la casa, o me caigo sobre ti y te aplasto, o se me cae una de las niñas por la escalera…
Ella se puso pálida.
—Pues usas el teléfono fijo.
—¿Y si estamos fuera como esta mañana? —insistió él.
—Yo llevo el móvil. Podrás usarlo. Siempre lo llevo en el bolso.
Él miró el bolso, que estaba en la encimera de la cocina.
Saber que el teléfono estaba allí hizo que le entraran ganas de sacarlo y de esconderse en el jardín para hacer un par de llamadas. Pero claro, no tenía los números que necesitaba.
— Pedro, asúmelo.
Él se dio cuenta de que no había manera de convencerla.
Tragó saliva y pensó que Andrea lo llamaría si lo necesitaba. Pero se había olvidado de decirle…
— Pedro, déjalo. Andrea dijo que llamaría si era urgente —y entonces, preguntó con curiosidad—: ¿Qué aspecto tiene? Parece agradable.
Él sonrió.
—Yo no sé si diría que es agradable. Tiene cincuenta y tres años, es delgada, elegante y muy eficiente. Me lleva con mano de hierro. Probablemente te encantará, pero no es como tenerte a ti, Pau. Era estupendo trabajar contigo. Sabías lo que necesitaba a cada momento y siempre lo tenías preparado. No tenía ni que pensarlo. Te echo de menos.
—No voy a regresar sólo porque tu nueva secretaria no sea tan buena como yo.
—Oh, es buena, pero al final del día, cuando ya hemos terminado de trabajar, no me mira como tú me mirabas —dijo él, y bajó el tono de voz—. Como si quisiera arrancarme la ropa. Y tampoco la desnudo en la ducha y le hago el amor contra los baldosines mientras el equipo de seguridad se pregunta a quién están asesinando a causa de los gritos.
Ella notó que se ponía colorada y negó con la cabeza.
— Pedro, basta. Sólo fue una vez.
—Y fue asombrosa —dijo él, acariciándole la mejilla antes de sujetarle la barbilla para besarla despacio.
Ella dio un paso atrás.
— Pedro, ¡no! Basta.
Él se enderezó y esbozó una sonrisa.
—Lo siento —murmuró, pero no parecía nada arrepentido—. ¿Y qué hay de ese paseo que íbamos a dar? —preguntó, demostrando lo poco que sabía sobre los horarios de los bebés.
—Las niñas tienen que comer y dormir la siesta, y yo también. Podemos ir más tarde, si sigue haciendo bueno.
—Entonces, ¿qué se supone que tengo que hacer? —preguntó.
Ella se percató de que se sentía completamente perdido con tanto tiempo disponible, y puso una pícara sonrisa.
—Puedes lavar los pañales.

Él nunca había curioseado en su bolso. Era una de las normas que su madre le había inculcado de pequeño, como no maldecir delante de una mujer, o cederles el sitio.
Pero, con la casa en silencio y todas ellas durmiendo, se puso en pie y miró el bolso. Sólo quería el teléfono.
Hacer una llamada. Podía ir al jardín, o al coche, y ella nunca se enteraría.
Lo sacó con cuidado y lo miró. Era un teléfono normal, y él sabía usarlo porque había hecho una llamada al mediodía. Sabía que el número de Andrea estaba allí.
«Tengo que hablar con ella», se dijo, tratando de justificarse.
Entró en la agenda y, de manera impulsiva, bajó hastala P. Y allí estaba. Pedro, su número de móvil, el del apartamento y el del trabajo. También miró qué número había registrado bajo el nombre de «Emergencias», y encontró sus teléfonos.
En el teléfono nuevo de Pau.
«Por las niñas», pensó, borrando todo sentimiento de esperanza. Entonces, tuvo una idea. Si llamaba a su móvil, sonaría y él podría encontrarlo…
 ¿Qué diablos?
Paula levantó la cabeza, miró la almohada y la echó a un lado.
El teléfono de Pedro estaba sonando… En silencio, porque ella lo había silenciado, pero estaba vibrando.
Y él número que aparecía en la pantalla era el de su móvil.
Que estaba en su bolso.
—Estás haciendo trampa —dijo ella al contestar.
Oyó una palabrota y que cortaban la comunicación.
Conteniendo una sonrisa, retiró la colcha y salió de la cama, se puso los vaqueros y el jersey, se pasó los dedos por el cabello y
bajó al piso inferior.
Él estaba junto al bolso, con el teléfono en la mano, mirándola de forma desafiante, pero culpable a la vez, y Paula sintió lástima por él.
—No pasa nada, Pedro, no muerdo.
—Sólo quieres fastidiarme.
—No. Ni siquiera eso. Voy a pedirte, una vez más, que te tomes esto en serio. Que hagas todo lo posible para ver si podemos conseguirlo. Si no es por nosotros, por las niñas.
Pedro tragó saliva y miró a otro lado.
—Tengo que hacer una llamada, Pau. Me olvidé de decirle a Andrea una cosa importante.
—¿Va a morir alguien?
Él parecía sorprendido.
—Por supuesto que no.
—¿Va a haber heridos?
—No.
—Entonces no es tan importante.
—Retrasará las cosas unos días, hasta que se den cuenta.
—¿Darse cuenta?
—Hay un documento que tenía que haberle enviado por fax a Yashimoto.
—¿Y crees que no se lo pedirá a Andrea o a Agustin?
—No lo sé.
—¿Y qué es lo peor que puede pasar? ¿Que pierdas unos cuantos miles?
—Puede que más.
—¿Importa tanto? Quiero decir, no es que estés mal de dinero, Pedro. Ni siquiera tienes que volver a trabajar si no te apetece. Unos billetes de mil, unos días libres durante toda una vida, no es tanto pedir, ¿no crees?
Él se volvió para mirarla de nuevo.
—Pensé que lo teníamos todo. Que éramos felices.
—Lo éramos, pero al final se volvió demasiado agobiante, Pedro. Y no voy a caer en ello de nuevo, así que, si no puedes hacer esto, si no puedes aprender a delegar y a tomarte tiempo libre para disfrutar de tu familia, lo nuestro no tiene futuro. Y para tener futuro, tenemos que ser capaces de confiar el uno en el otro.
Él permaneció quieto un instante. Después, suspiró y metió el teléfono de Paula en el bolso.
—Entonces, será mejor que me enseñes cómo funciona la lavadora, ¿no crees? —dijo con una media sonrisa.
—Será un placer —repuso ella, y lo guió hasta el cuarto de lavado para mostrarle cómo debía hacer la colada.
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Disfruten el capitulo. Que tengan una linda noche. Besos @patty_lovepyp



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